Desde mi punto de vista, nunca deberíamos de dejar de ser niños. Esa inocencia que nos caracteriza en la infancia, no saber qué pasa ni entender lo que está pasando. No entender la mayoría de las cosas y al mismo tiempo hacernos el favor de ser felices sin darnos cuenta de que la vida no es fácil. No tener preocupaciones, ni miedos, ni nada que nos encierre a nosotros mismos, en nuestra jaula, que de por sí se caracteriza por tener muchos candados de metal resistente.
Tener sólo preocupaciones absurdas, como no pisar las rayas de la cera de la calle, colorear sin salirse de las líneas del dibujo, dibujar como nos plazca y no porque sea bonito. Hacer lo que queramos sin medir las consecuencias de nuestros actos, que luego vendrá mamá a regañarnos por la misma razón. No, nunca deberíamos de ser adultos. Llenos de miedos e inseguridades. Que sacar una buena nota para aprobar e ir a la universidad, que vestirse bien para no ser criticado, callarse las cosas porque te hará parecer tonto, que si no le gusto, que si me despiden del trabajo. Yo quiero ser de mayor lo que quiero ser de niño. Y nunca viceversa. Porque las cosas simples las encontrás en cualquier sitio, inclusive las podrías tener al lado tuyo. Pero, claro, la venda que tenás en los ojos, tapada por la sociedad, no te dejar ver las cosas que realmente valen la pena. Y no precisamente son cosas materiales, sino son aquellas cosas que son invisibles para los ojos, pero que a cierto grado dejan mayor huella en vos de lo que nunca nadie va a dejar. Eso de querer ser adultos cuando éramos unos niños fue estúpido tan siquiera pensarlo. Ahora comprendemos muchas cosas, entre ellas: que el amor duele, por ejemplo, cuando no sos correspondido a los sentimientos de alguien que te gusta y tenés que pasar triste por un buen tiempo por el mismo hecho. Y de pequeño el único dolor que sentíamos era el de las rodillas raspadas, porque nos caímos de una nube, que hoy en día la mayoría ya no creé en ella. La mayoría se olvida de alimentar al niño interior.
A medida que crecemos, las deudas cada vez se hacen más grandes e incontrolables. Hablo de la deuda del banco y también de la deuda que tenemos con nosotros mismos de hacernos felices, de hacer del tiempo algo que nos guste y no por seguir los pasos de los demás. De crear nuestro propio sueño y poder vivirlo sin restricciones. De no pisar donde ya han pisado; de dejar nuestra propia huella en la humanidad. Esa deuda es la más grande que tenemos. Y yo te pregunto, ¿Ya mataste los sueños que soñaste de pequeño? ¿Ese rock star, escritor, cantante, pintor, arquitecto, maestro, guionista, poeta, el integrante de una banda? ¿Ya lo has hecho? Qué triste. Y qué pena me da que no es la sociedad la que mata los sueños, es uno mismo el que tiene en sus manos el poder de hacerlo.
Nunca es tarde, todo momento es perfecto para hacer lo que te gusta. Atrevete, sé tu propio líder, tu propio guía para llegar a donde querrás. No pongás barreras donde no las hay. Decí lo que tengás que decir, hacé lo que tengás que hacer. Verás que la vida vale la pena vivirla si te apoyás a vos mismo. Tenemos una gran deuda con nosotros mismos, no lo olvidemos.