Mi mama me
enseñó que, aunque tenga dolor, debo prestarle más atención a lo que sucede a
mi alrededor. Porque el dolor seguirá ahí, por algunos días, y esos días
podrían convertirse en meses, sino es que en años. Pero lo que sucede a tu
alrededor no podría sucederte nunca más en la vida. Y por eso es que a veces
llego a la conclusión: sobre el sufrimiento uno no puede decir en él, sin
embargo, lo que te sucede te elige a vos, como principal espectador. Para que
lo disfrutés, para que te riás con ello y no de ello, porque hay un mundo de
diferencia.
Siempre he pensado
que ciertas cosas, como la risa, son mejores compartidas. Y qué bonito es
encontrar a alguien quien nos haga reír, aunque no esté, porque hay con quienes
se crea una conexión tan grande, con tanto magnetismo que, cuando no se tienen
el uno para el otro para un abrazo, se siente cierta electricidad en el aire
que te electrocuta. Te sacude el cuerpo, incluso los pensamientos -te los
alborota y te despierta algún sentimiento adormecido-. Y pensás rápidamente en
él. En ese alguien.
A veces tener
a alguien para compartir un poquito más que los insomnios, es el regalo más
grande que te puede ofrecer la vida. Y hay que
verlo en el momento, porque, así como hay personas que sólo pasan una vez en la
vida, también hay historias que solamente se escriben una vez. Y a veces es el
demasiado tarde quien la escribe por nosotros. A veces somos tan ciegos que
hasta me duele la idea de no ver lo que ha dejado de ser invisible para que lo
veamos con toda y su belleza.
Siempre nos
quedará, dentro de algunos años, la oportunidad de releer de nuevo el libro y
ver en qué fallamos, pero hay que hacer hasta lo que no se debería por no
arrancarle una lágrima a quien ha florecido en nuestro lugar. Y muchas veces donde estamos parados no es un buen lugar donde
alguien quisiera germinar.
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