jueves, 7 de abril de 2016

IM-POSIBLE

Mirá si a veces no es complicado esto: a veces hay que retroceder para poder avanzar, anclar las raíces a su lugar de origen y dejarlas crecer un poco más.

 Porque más que llegar a algún sitio, lo importante es no dejar de ser uno en el camino, hay tentativas que nos invitan a cambiar y hay situaciones que nos obligan a hacerlo, la diferencia entre ambas es que cuando nos obligan no hay alternativa. Es deber. Como deber nuestro es tratar de ser felices cada día y yo siempre quise verte recién despierto. Cómo el amanecer te desnuda el rostro y tu sonrisa que tan apagada se encuentra a veces.

Hay que remar para delante, rompernos la boca, quebrarnos los huesos, para así poder algún día decir que valió la pena. Que valimos la pena. Que todo ha valido la pena, porque el sudor ni las lágrimas no se derrocharían sin que después se mire la cosecha. Los sueños están al alcance, pero qué imposibles somos nosotros. Y contra eso, es muy difícil lidiar; pero si luchás, lo lográs. Y si lo lográs, en alguna noche verás que tu sonrisa es la nueva luna.

Ve por tu infinito. Que en algún rincón de este inmenso e inmerso mundo te ha de estar esperando. Y una canción espera para que la reproduzcás y te pongás a desgastar los pies, porque el desgaste de vida lo bailás hace tanto que ya has olvidado hasta dónde empezaste a sonar como la canción más triste del mundo.

Eres precioso como todas las canciones tristes. Y las canciones tristes curan, calman el dolor, abrazan la raíz y no el tronco, porque nos conocen tan bien que es la historia de nuestra vida la que dura tres minutos. 

Ojalá un día te escuchés a vos mismo y me creás cuando te digo que eres precioso. Andá, es tu canción la que se reproduce. Es tu momento. Salí. Para a los autos. Y que comencés a sonar diferente a como has sonado toda tu vida. Feliz. Niño. Feliz. Porque es lo que merecés.

meh!

Y me mirás.
Me mirás porque soy un desastre.
Un desastre que no pasa desapercibido por tantos daños.
Y, de pronto, tu sonrisa se adhiere a mis heridas,
en busca de sanación de las mismas,
y ellas no hacen otra cosa que dejarse lamer por la ilusión
y la esperanza otra vez.

Otra vez las cicatrices vuelven a abrirse
sólo para que vos entrés
y le des paso continuo de tu vida en la mía.

A veces pienso que vivir es muy parecido a un ascensor,
vas ascendiendo o descendiendo.
Y mientras tanto,
te limitás a mirar,
a quedarte en silencio,
a ver al otro de reojo,
a esperar mientras llegás,
a precipitarte,
a tener vértigo.

A veces me siento como esa canción olvidada,
como los restos del dolor convertidos en arte, 
como ese libro que jamás llegarás a leer 
porque nadie te lo recomienda.

Ya vos decidís que es porque no es bueno 
o porque no quiere compartirlo con vos. 

En más de alguna línea ajena he visto arder mi infierno,
no sabés lo bonito que llega a ser leerte a vos mismo
en el fuego de otro. 
Bonito o terrible. 

A veces me siento el blanco perfecto 
de una bala que no busca herirme, 
pero que consigue hacerme un hueco
donde cualquiera puede entrar y salir
cuando

donde quiera.

Ya sabrás vos de las causas perdidas,
de las mariposas muertas en el estómago, 
de la última esperanza que envejece mientras espera
algo que la mente le grita: "vamos por eso,
jamás llegará de esta forma".

Algunas bocas brillan mientras sonríen,
mientras besan, 
o mientras callan. 

Y comprender que sonreír, besar y callar
es la mejor forma de dar a por culo a la vida.