sábado, 9 de septiembre de 2017

Qué putas voy a saber de la vida...

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he sonreído cuando ni siquiera yo me he dado cuenta; lo sé porque he suspirado por lo que me inspiró a escribir las cosas más bonitas de mi vida; lo sé porque he llorado a mares en mi almohada cuando extraño la luz y la razón de mis días; lo sé porque he cometido los errores suficientes como para entender que de eso se trata vivir; lo sé porque me he perdido conscientemente en el laberinto sin salida para ver quién está dispuesto a perderse por mí, sabiendo que, quizás, no podrá encontrarme jamás, que no podrá salir de ese laberinto que es la huida.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he visto a personas ir y venir a mitad de lo que posiblemente era el invierno de sus vidas; lo sé porque han adormecido mis corazas para luego entrar en mi corazón y romperlo en mil pedazos; lo sé porque he mentido acerca de cómo me sentía cuando por dentro me quedaba afónico pidiendo auxilio.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he herido por quien moriría consecutivamente en mis siete vidas por conocerlo por primera vez, una y otra vez; lo sé porque me he desangrado mientras escribía los versos más dolorosos que jamás había dedicado nadie; lo sé porque en una mañana me dejaron un eco en el alma y el corazón infestado de tristeza y soledad; lo sé porque mi canción favorita resultó ser el arma homicida.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque me he acercado tanto al abismo, que por poco, no salgo con vida; lo sé porque me han apuñalado cuando, ingenuamente, les regalaba mis mejores sonrisas; lo sé porque me han visto enloquecer en plena cordura.


Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he herido; lo sé porque he caído al profundo mar de los recuerdos y no he salido tal como entré.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque lo sentí, lo viví y lo abracé tan fuerte, que terminé rompiéndolo; lo sé porque fui invisible para quien yo quería cambiarle la mirada; lo sé porque he ardido tal cual infierno me estuviese abrazando; lo sé porque en cada puntada que le daba a mis heridas.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he tenido frío y no precisamente hablo de clima, sino de personas, de momentos y de despedidas.
Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he sonreído cuando mis ruinas me declaraban estado de calamidad.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque me he despedido en aeropuertos, en paradas de buses y en hospitales. Y yo siempre me he sentido muerte en esos lugares. Me he sentido como el fin de mí mismo, o de mi historia. O de un atardecer que no termina de dar su espectáculo y no comprende que el día se ha ido. Y con él miles de miradas con desconocidos, muertas; miles de sonrisas sin comprender el porqué, muertas; miles de silencios porque las miradas lo decían todo, muertas. Y pensar que en las despedidas pasa lo mismo: muere todo y se muere uno. Abandona el propio cuerpo y habita en el corazón que se está yendo. Se cierran los ojos, y se cierra la historia, pero se abren muchas heridas.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque me ha estallado el pecho cuando encontré algo que no debía buscar; lo sé porque he visto cómo cada silueta del pasado me perseguía a donde iba y todo se convertía en oscuridad; lo sé porque tengo recuerdos que son luz y otros que son tiniebla.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque tengo cicatrices, no sólo en la piel, sino en mi forma de hablar, de reír y de mirar, porque hay que prestar mucha atención a cómo actúa y se comporta alguien para darse cuenta de que no, de que no existe peor cicatriz que aquella que se abre desde las entrañas, que con el paso del tiempo se abre más y más y llega a ocupar gran parte de uno. Y te consume. Te va arrastrando hacia el recuerdo. Y la muerte del recuerdo es el olvido. Se pueden olvidar muchas cosas, pero ¿cómo se olvida algo que en su momento quisiste que fuese para siempre?

Qué más queda....

Me da un escalofríos el hecho de pensar que, al final de una canción, terminaremos siendo dos desconocidos. Y que jamás nos volveremos a mirar como si miráramos la única salida de un pueblo, o como si fuéramos la única respuesta a todas las preguntas. Algo hay de cierto aquí: las personas una vez que se conocen del todo, utilizan todas sus fuerzas en intentar desconocer el infierno del otro. A nadie le gusta quemarse, mucho menos en fuegos ajenos. Pero, por ironía, a todos nos gusta el placer de morir: fumar, beber, amar. Nos gusta la muerte lenta y dolorosa.

Después de tantas verdades envueltas en bromas, o de las tantas mentiras que escuchamos cuando la mirada del otro intentaba apagar las luces del cuarto y dormir todo un mes, hasta que la tranquilidad llegara a ese corazón que tan dañado estaba tras la devastación.

¿Pero, acaso nosotros no estábamos tan dañados después de todo? ¿Cuánto daño nos hicimos? Las heridas eran evidentes, aunque las intentáramos maquillar con una sonrisa que nada sabía de ser feliz.

El día de hoy no he encontrado un concepto que nos defina como merecemos, y he llegado a la conclusión que a algunas historias el final les queda demasiado corto para la altura de las páginas anteriores. Y todas las líneas que subrayamos con ánimos de no olvidarlas jamás, porque eran lo más parecido a nosotros.

Dicen que para cada historia hay un final, aunque a veces no es digno.

Te quiero, y no es excusa. No me estoy excusando de mis errores, ni de mis tropiezos. Te quiero, y lo sentís. Aunque ahora seamos solo conocidos que se piensan cuando están solos. E intentan apartar la mirada cuando se topan en una red social. Pero que sonríen cuando en spotify suena su canción y que por las noches comparten lágrimas con almohadas diferentes.

Ojalá hubiésemos volteado a vernos en nuestra despedida. Ojalá una despedida sólo significara dejar ir, y no irse uno también. Y quedarse, después de todo, sin nada.

sábado, 2 de septiembre de 2017

No soy nada de eso

No soy prototipo ni estereotipo, ni una figura a la que moldear ni una cara bonita ni fea, ni un cuerpo gordo ni delgado, ni unos granitos ni unas arrugas, ni unos tenis, ni una talla ni un qué bonita te queda esa camisa. No soy tu apunte de dedo ni tu murmureo, ni tu comentario ni tu crítica, ni tu ideal ni tu realismo, ni tu pasado ni tu presente ni quizá tu futuro. No soy un cigarro entre dedos, ni una bala atorada en el pecho, ni los puñales que llevo clavados en la espalda, ni la forma en que me comporto ni en la que pienso ni en la que siento. No soy los adioses que he dicho ni las apretadas de mano que he dado, ni las palabras que me he tragado, ni los silencios que he reproducido, ni los infiernos en los que he ardido. No soy el desborde de ningún río ni el desemboque a ningún mar. No soy el maje de mis sueños, ni qué pesadilla de hombre, ni el se ve buena persona, ni el ojalá se quisiera un poco más. No soy los colores que visto, ni la vulnerabilidad de las madrugadas, ni los inviernos anhelando volver atrás, ni la sinfonía de una plena ni caótica. NO SOY TUS CONCEPTOS, NI LOS MÍOS: SOY. ASÍ. SIN MÁS. DEL VERBO SER. Y QUÉ BONITO. Y QUÉ TERRIBLE. PARA VOS, DIGO.

SOS VOS QUIEN ESCRIBE LA HISTORIA

Si necesitás llorar, llorá. No retengás todo ese océano que llevás dentro. Respirá profundo y encontrá en el fondo las razones por las que seguir intentando salir. No todos merecen ser recuerdos, algunos merecen ser algo más que fantasmas que el tiempo barre a su ritmo y se los lleva al rincón empolvado del universo.


Quiero dedicar estas palabras a aquellos seres que no encuentran su lugar en el mundo, que ni siquiera un abrazo logra sacudirles el polvo, el frío y la soledad que llevan en el borde de su vida. Quiero decirte que, en el momento en el que te parás frente a la ventana a mirar la lejanía, alguien al otro lado del mundo, también piensa que sos hermoso. Hermoso a tu medida, complexión y sonrisa.

No sos del todo oscuridad, como la luna no es todo el tiempo luz. A veces se oculta, no queda rastro de dónde estuvo las noches anteriores, ¿dónde está? ¿en quién piensa cuando el cielo la extraña?
Incluso en los malos días, sale el sol. Así que no te detengás, seguí el ritmo de las cosas que carecen de sentido, construí un hogar en el camance de la sonrisa que te compone los días.

Sé velocidad, peligro y salvación, pero no te murás jamás mientras la canción siga sonando de fondo.

Me pregunto, cuántas veces tuve que huir de un sepelio, cuántas veces me venció el dolor cuando estaba en una lucha inmortal conmigo mismo, cuántas veces el atardecer me sonrió a distancia mientras yo no dejaba de contemplar el desastre en el que fui feliz, cuántas veces tuve que tirar la misma piedra para que tropezara una sola persona en mi camino y que, a raíz de ello, surgieran destellos de luz; cuántas veces tuve que soltar una mano para quererme, porque, de lo contrario, aferrarme hubiese significado ser consciente de las puñaladas.

Hoy veo en retrospectiva y me doy cuenta de que muchas personas nunca estuvieron, que se limitaron a seguir mi baile, pero jamás bailaron conmigo, sólo me miraron desde la banca de los corazones rotos. Pobres de aquellos, me digo a mí mismo, permanecieron para no hacerme daño y terminaron sangrando a través de mis heridas.

Agradecer a todos aquellos que me vieron incendiarme mientras otros dormían, a aquellos que me vieron sangrar mientras otros dormían, a aquellos que abrazaron cada parte descompuesta para encontrarle un sentido, una forma y un motivo para sonreír, mientras otros dormían.

Si necesitás reír, reí. Qué importa si te hicieron daño en el pasado, ahora aquel es un lugar muerto del que no puede florecer ninguna rosa. Reí como loco, como demente que ha encontrado el secreto para ser feliz, como un irreversible maniaco que busca con urgencia viajar por el mundo y descubrir nuevas experiencias.

Salí, corré desnudo a media noche, desvestite los remordimientos y odios, dale en la boca a aquellos que hablan serpientes de vos, cogé en la cocina, en el sofá, en el jardín, pero no te pongás triste por personas que no podés cambiar. Es tu libro, tu historia, tus personajes, tus puntos, tus comas, tus páginas. Sos vos quien escribe. Y yo te recomiendo que escribás una historia que nunca nadie pueda pasar a la pantalla grande, porque es demasiado. Demasiado real e indestructiblemente vos.