sábado, 9 de septiembre de 2017

Qué más queda....

Me da un escalofríos el hecho de pensar que, al final de una canción, terminaremos siendo dos desconocidos. Y que jamás nos volveremos a mirar como si miráramos la única salida de un pueblo, o como si fuéramos la única respuesta a todas las preguntas. Algo hay de cierto aquí: las personas una vez que se conocen del todo, utilizan todas sus fuerzas en intentar desconocer el infierno del otro. A nadie le gusta quemarse, mucho menos en fuegos ajenos. Pero, por ironía, a todos nos gusta el placer de morir: fumar, beber, amar. Nos gusta la muerte lenta y dolorosa.

Después de tantas verdades envueltas en bromas, o de las tantas mentiras que escuchamos cuando la mirada del otro intentaba apagar las luces del cuarto y dormir todo un mes, hasta que la tranquilidad llegara a ese corazón que tan dañado estaba tras la devastación.

¿Pero, acaso nosotros no estábamos tan dañados después de todo? ¿Cuánto daño nos hicimos? Las heridas eran evidentes, aunque las intentáramos maquillar con una sonrisa que nada sabía de ser feliz.

El día de hoy no he encontrado un concepto que nos defina como merecemos, y he llegado a la conclusión que a algunas historias el final les queda demasiado corto para la altura de las páginas anteriores. Y todas las líneas que subrayamos con ánimos de no olvidarlas jamás, porque eran lo más parecido a nosotros.

Dicen que para cada historia hay un final, aunque a veces no es digno.

Te quiero, y no es excusa. No me estoy excusando de mis errores, ni de mis tropiezos. Te quiero, y lo sentís. Aunque ahora seamos solo conocidos que se piensan cuando están solos. E intentan apartar la mirada cuando se topan en una red social. Pero que sonríen cuando en spotify suena su canción y que por las noches comparten lágrimas con almohadas diferentes.

Ojalá hubiésemos volteado a vernos en nuestra despedida. Ojalá una despedida sólo significara dejar ir, y no irse uno también. Y quedarse, después de todo, sin nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario