Estalló de risa. Contra todo pronóstico, aquella cita estaba siendo un éxito. No era la primera vez que utilizaba una aplicación para conocer gente y, la verdad, estaba sorprendido. Había dado con el chavalo perfecto. Atractivo, gracioso, inteligente… Hasta le contó los planes que tenía. Cuando sintió que era el momento, le comentó que era soltero, joven, humilde y con muchos sueños y anhelos. Le había ido mal en el amor anteriormente, igual que a todos. Su expresión cambió, se volvió más serio y dejó de hacer bromas. Continuaron chateando, pero la conversación se había enfriado. Cuando terminaron, se despidieron y cada uno se fue por su lado. Minutos después, recibió una notificación. Se ilusionó. ¿Sería él? Nada, era la aplicación. Había subido una nueva foto y no se acordaba. En ese momento se dio cuenta de que Instagram no era lo que creía. La tecnología siempre le jugaba malas pasadas. Pero siguió adelante, siguió subiendo fotos, porque le gustaba sentirse bonito y le gustaba ver a sus amigos y conocidos siendo felices en esa aplicación, a pesar de ser una red con contenido muy curado, es hermoso ver a la gente siendo felices, haciendo viajes o siendo divertidos con sus hijos, sus logros, sus comidas. Pero sigue en las redes, porque no tiene otra manera de conocer gente porque no sale a bares ni discos el solo, porque se cuida mucho, esperando que un día al final alguien decida decirle, vení vamos a pasear a la playa o te invito a un café, y así empezar. Y seguramente en Instagram darle seguimiento a una nueva historia.
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