Lo encontró como se encuentran todas las cosas buenas de la vida, por casualidad, cuando menos lo esperás.
– Un café. Sólo – y al escucharse a él mismo, se prendió la luz. Los buenos regalos, los mejores momentos, las personas importantes y las mejores ideas suelen llegar así, sin avisar.
Al fondo de la taza de aquel café, en aquella cafetería a dos cuadras de su casa, a punto de caminar de vuelta hacia una casa donde había alguien que todos los días se afanaba en demostrarle que no lo quería teniéndolo cerca, pero lejos de quién aun amándolo mucho, no quería o no podía hacer nada por demostrárselo, se encontró con su verdad.
Y fue en aquel instante, con su pequeña maleta al lado, cuando decidió romper a llorar y darse su lugar, respetarse y marcharse.
Sólo.
En dirección contraria a todas las fuerzas que, hasta ese instante, habían estado jalando de él, hasta romperlo en mil pedazos.
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