El problema de contar cosas que tenés muy guardadas en un momento concreto es que después te cuesta más volver a no hacerlo. Tenés esa necesidad de enviar un whatsapp o un sms buscando una palabra que sirva de algo en ese momento en el que te sentís morir un poco. Afortunadamente la vida te recuerda que debajo de tu armadura estás mucho mejor.
Y lo hace en forma de reunión de amigos en la que falta una persona habitual. Y esa persona se convierte en el blanco de las críticas de la mayoría y se cuentan en público ciertas cosas que vos sabes que esa persona ha contado a cada uno en privado, como si no importara, sin saber si esa persona querría que el resto de presentes lo supiera o no. Yo guardo silencio, y pienso en esas cosas que yo he confiado a algunos de los presentes, sin saber ya quien más podrá tener esa información, sin saber si yo alguna vez habré sido el centro del chismorreo en algún día de ausencia.
Poco después, en el mismo día, dos personas distintas te hablan de algo que te ha pasado y vos no recordás haberles contado. Es una nimiedad que solo le habías contado a un amigo y te das cuenta de que la noticia ha volado. Además, los tres aprovechan ahora esa mierda para meterse con vos. Sin maldad ninguna, yo lo sé, otra vez como si no importara.
Esos detalles a los que por lo visto nadie da importancia a mi me encienden las alarmas. Me recuerdan por qué hago lo que hago a veces, por qué al final acabo callándome las cosas y dejando que me coman por dentro. Quizá mejor envenenarme yo solo que dejar que sean los demás quienes me dañen. Contar algo a una persona es darle poder sobre vos y yo no quiero que nadie tenga poder sobre mi más que yo mismo. Quizá ya no se pueda confiar en nadie, ni siquiera en vos.
Alarmas enfurecidas sonando en mi cabeza, compuertas cerrándose de forma apresurada, cerrojos con candado preparados. Silencio, por favor.
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