Y de repente te derrumbás en público. Inevitablemente te empezás a romper ahí mismo. Pensás por un instante que no pasa nada, pues ese público está formado por algunas de las personas que más querés en el mundo y pueden ayudarte. Entenderán que, algunas veces, vos también pedés caerte. Parece lógico.
Entonces ves como esas personas te miran extrañados, como si fueras un desconocido, mientras ponen sus manos tras la espalda en vez de usarlas para recomponerte. Ves que no les importa lo más mínimo, te ofrecen, divertidos, su indiferencia. Y recordás, de un golpe, que estás solo en el mundo y no te perdonás haberte olvidado de ello, haber olvidado que solo vos podes salvarte porque nadie va a hacer nada por vos. Parece mentira que no lo hayas aprendido ya, pero quizá es más difícil verlo con tus propios ojos que saberlo. Y duele mucho más.
No te queda otra que apartarte unos minutos de esas personas, tener una dura conversación con vos mismo que te elimine el nudo de la garganta y consiga que las lágrimas que luchan por salir, se queden dentro. Pegarte los trozos rápidamente con cualquier parche que encontrés, sacar fuerzas de cualquier sitio y volver sonriendo a seguir la noche con esas personas que han pasado, en un abrir y cerrar de ojos, de ser tus amigos a ser esas personas con las que salís a tomarte algo.
Y lo conseguís, pero debajo de la armadura estás roto, destrozado en mil pedazos. Sobrevivirás, claro que sí, siempre lo hacés, pero sabés que esta vez va a costar mucho más. No se puede caer en el error de darle a alguien el poder de destruirte sin pagar las consecuencias.
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