jueves, 27 de febrero de 2014
He perdido
No me quise retirar a tiempo porque una retirada a tiempo no es una victoria, es concederte la derrota sin terminar de luchar; cobarde. ¿A tiempo para qué? ¿A tiempo para esconderme detrás del sofá y ni siquiera pegar el ojo a la ventana para ver cómo sale la vida por la puerta principal sin despedirse? ¿Quedándome intacto con la piel rosada y lisa? No, yo quiero una gran derrota, una ruptura de corazón a lo grande; que duela, que sangre. Volar por los aires. Caer de cabeza contra el suelo más precioso y duro de la ciudad. Reventarme las rodillas al derrumbarme tras el disparo. ¿Por qué iba a huir del bombardeo si tenía asiento en primera fila?
He perdido.
Nunca he pretendido ponerme a salvo, cubrirme las espaldas que antes me besaban. Siempre quise llegar hasta el final; leer la frase de mi lápida, algo como “ni el único ni el último”. Cuántos cadáveres habrán…
Todos de bar en bar, de parada en parada.
Patada a patada.
Comparando a todos los corazones con el que una vez fue el mejor de la ciudad.
Has ganado por haberlo intentado, dicen.
Que no, he perdido. Pero no por ello voy a dejar de reírme como un loco.
Mira, hoy –sin ser fin de semana ni nada- voy a salir a lucir las heridas. Las marcas de todas esas batallas que se han librado de piel hacia dentro con disparos retumbando en cajas torácicas y cuchillos afilados en vez de costillas –por eso los últimos abrazos rasgaban tanto- . Voy a salir sin corazón y sin nada, con lo que llevo puesto: la derrota, y la cabeza bien alta; que me sientan como un guante.
Sólo me quedan las cicatrices, y un alma sin cicatrices es un alma muerta; así que miralas, mirame las cicatrices. Mirame a las cicatrices cuando te hablo, tené modales.
Perder es bonito porque las cicatrices son un complemento que te gusta.
Y salen con todo
con el puño cerrado.
Y después de mucho perder y mucho beber por lo perdido, se gana. Así, de repente. Después de una rutina maravillosa de cabeza agachada, fracaso, sonrisas forzadas, charcos y margaritas hijas de puta por todas partes te levantas un buen día –y digo buen día porque no todos los días se levanta uno sin desamor bajo el tatuaje- y estás vacío. El vacío es el premio. Ganar es vaciarse. Qué bello es el vacío. Maravilloso vacío. Ya no hay zonas arrasadas, ni escombros, ni neumáticos pinchados.
heeeeeeeey, a gritar por la ventana.
sí,, como lo oye, estoy vacío.
Callate, niño.
Aunque ganar también duele. También tengo heridas de ésas. ¿O es que ahora resulta que despellejarse atravesando por debajo la valla que hay entre el corazón de otro y la libertad, es un caminito de rosas?
Pero, oe, aquí estamos, bailando tan ricamente sin jeans ni zapatos: en bolas, para que nos cale bien la alegría.
Con el pelo de tonto cortado
y los labios buscando ajetreo.
Qué guapo estás resucitado.
Eso me digo todas las mañanas delante del espejo mientras canta spotify
Es que hay canciones
que son
como un beso de abuela en la mejilla
al volver del colegio.
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